La Sombra no desconfiaba demasiado del Príncipe Loco.
Por supuesto, no era imposible que un Titán Corrompido destruyera a uno Supremo. De hecho, quienes daban demasiada importancia a su Rango no solían vivir mucho; bien lo sabían los dioses: la Sombra había matado a incontables enemigos más poderosos que él a lo largo de sus vidas interminables.
Sin embargo, la Sombra no era un Titán Supremo cualquiera. Entre todos los seres Supremos, apenas había alguien más mortífero y aterrador que él; así que, por excepcional y singular que fuera el monstruo que era el Príncipe Loco, derrotarlo no parecía una tarea difícil. Ni siquiera ahora que la Sombra había renunciado a su Dominio y se había debilitado por ello.
Aun así... sentía curiosidad por saber de qué era capaz aquella abominación.
El Príncipe Loco no lo decepcionó. Cuando llegó su ataque, fue como si el mundo mismo se abatiera sobre la Sombra en una carnicería de frenesí asesino. El Príncipe Loco se movió, y un vasto océano de sombras se movió con él, precipitándose hacia delante como una marea mortal: había sometido la antigua oscuridad del Reino de la Muerte que los rodeaba y comandaba cada sombra de una zona que abarcaba decenas de kilómetros.
En un instante, fue como si la Sombra se convirtiera en el único blanco de un frente de tormenta gigantesco centrado en torno a él. Si hubiera calculado el peso del agitado océano de sombras que el Príncipe Loco había enviado para destruirlo, el resultado habría sido de cientos de miles de millones de toneladas... si las sombras tuvieran peso físico, claro.
El frente de tormenta oscura estaba congelado en un extraño estado entre la sombra y la materia, así que la Sombra no estaba segura de si tenía peso físico. Sin embargo, peso metafísico sí que tenía, y era mucho más mortífero.
Un solo ataque como aquel podía borrar del mapa una ciudad extensa, aplastar una cadena montañosa o remodelar para siempre el paisaje de un reino... pero la Sombra frunció el ceño, insatisfecha con su naturaleza.
«¿Acaso espera competir conmigo en el dominio de las sombras?»
Con un pensamiento, la Sombra ordenó que la turbulenta extensión de oscuridad se disipara. Si la autoridad del Príncipe Loco era como una tormenta, la suya era como el abismo negro e interminable de los vastos cielos: inmóvil, ilimitada, insuperable.
En un instante, se extinguió la furia desatada del océano de sombras, y el mundo volvió a quedar quieto e inmóvil.
—Vaya desperdicio de...
Y, en ese mismo instante, el Príncipe Loco emergió de detrás del cataclismo elemental que se disipaba, con la punta de su espada de jade a un cabello de hundirse en el cuello de la Sombra.
«¿Una distracción?»
La Sombra sonrió, divertido.
Apenas logró desviar la hoja de jade con su espada de obsidiana, apartándola lo justo para evitar que lo cortara.
Entonces, todo ocurrió con rapidez.
Las nubes crecientes de polvo de obsidiana que los pasos del Príncipe Loco habían lanzado al aire quedaron congeladas allí como estatuas abstractas. A lo lejos, la tormenta de esencia errante se había quedado inmóvil, floreciendo en la oscuridad como una flor de resplandor inmaculado. Las sombras solitarias que avanzaban hacia el corazón del Reino de la Muerte parecían paralizadas a medio paso.
En aquel mundo inmóvil, solo se movían dos seres: uno era la Sombra y el otro, el Príncipe Loco.
La Sombra tuvo que admitirlo: su oponente era un maestro de la espada... incluso un santo profano de la matanza. El Príncipe Loco era rápido, el Príncipe Loco era fuerte. Su destreza era inconcebible y su astucia, escalofriante; entretejía sin fisuras cientos de movimientos en un torrente incesante de ataques traicioneros.
En un abrir y cerrar de ojos, habían intercambiado más golpes de los que la Sombra se habría molestado en contar. La primera estocada se convirtió en una trabada; luego, en un tajo hacia atrás, seguido de una estocada dirigida a sus ojos, que se transformó sin interrupción en un golpe descendente que casi le arrancó el brazo.
Y todo eso ocurrió en un abrir y cerrar de ojos; en realidad, en una fracción de ese tiempo.
El Príncipe Loco tampoco daba señales de aminorar el ritmo. Al contrario, parecía moverse aún más rápido, mientras aumentaba la presión de su asalto frenético. Sus movimientos estaban imbuidos de un poder demente, pero no tenían nada de caóticos ni de apresurados. Más bien, eran escalofriantemente precisos y calculados, casi impecables en su letalidad deliberada.
Era como si el Príncipe Loco supiera de antemano qué haría la Sombra...
No; sí que lo sabía. Al igual que la Sombra predecía sus intenciones a través de los movimientos de su sombra, el Príncipe Loco hacía lo mismo.
Y, la verdad, lo hacía mejor.
En cuanto la Sombra se dio cuenta, casi perdió la cabeza bajo la hoja de jade, porque el Príncipe Loco había previsto que se percatara y ordenó a su propia sombra moverse en discordancia con sus acciones, engañando lo que percibía su enemigo.
La Sombra no tuvo más remedio que hacer lo mismo, algo incómodo ante la novedad de semejante táctica.
De hecho, había muchas razones por las que se sentía algo incómoda.
Aquel combate era, en efecto, entretenido; al parecer, había echado de menos la esgrima. Pero su habilidad de combate estaba oxidada y, aunque había vivido muchas más batallas que el Príncipe Loco, la mayoría poco tenía que ver con técnicas de combate.
Odiaba admitirlo, pero en lo que respectaba a la esgrima pura... el Príncipe Loco era superior a él.
La Sombra lograba resistir porque tenía más experiencia y una inteligencia de combate mucho más aguda; además, simplemente era más fuerte. Su cuerpo Supremo era superior al deshecho maltrecho del cuerpo del Príncipe Loco, y podía manejar su Voluntad con gran destreza.
La Voluntad de la abominación no era débil en absoluto; ni mucho menos, pero no podía controlarla. En sus manos, la Voluntad era como un garrote pesado, lo bastante devastador para aporrear el mundo. Pero, en manos de la Sombra, era como una hoja afiladísima.
Podría haber cortado al Príncipe Loco con aquella hoja, pero se contuvo, reacio a ser inferior en todo salvo en fuerza bruta. Así que... la Sombra estaba siendo empujada hacia atrás. Se mantenía cautelosa, sobre todo porque presentía que debía evitar a toda costa hasta el más pequeño corte de aquella siniestra hoja de jade. Sin embargo, tras aquel primer latido, recuperó poco a poco la compostura.
Tras desviar otro golpe, sonrió.
—Para responder a todas tus preguntas...
Por fin, desde el comienzo del choque, la Sombra logró arrebatarle la iniciativa y pasar de la defensa al ataque.
—No te recuerdo ni deseo recordarte. No es de extrañar que no aprecie la vida; después de todo, soy un hijo de la Muerte. No existe el derecho a rendirse, así que nada puede concedérmelo ni arrebatármelo...
El Príncipe Loco se rio mientras esquivaba la espada de obsidiana, apenas logrando evitar su afilada punta. Aun así, apareció una fina línea en su mejilla, que se negó a hincharse de sangre; era demasiado delgada para dejar cicatriz y, de todos modos, ya no había sitio para nuevas cicatrices en su rostro maltrecho.
La Sombra prosiguió su ataque.
—Sí, intenté explicarte lo aplastante que es el peso del tiempo... harías bien en escuchar. Sí, perdí la razón; incontables veces, en realidad. Pero la diferencia entre nosotros es que yo la encontré de nuevo cada vez, mientras que tú pareces haberte entregado por completo a la locura. Aun así... ¿qué es la cordura y qué es la locura? Cuando has vivido tanto como yo, la distinción entre ambas pierde todo sentido.
Ignoró la sombra del Príncipe Loco y siguió los movimientos de su cuerpo, recurriendo a los métodos más primitivos y probados por el tiempo para leer las intenciones de su oponente.
—Y sí, creo que me ha tocado sufrir. Creo que he sufrido bastante. En realidad, no sé quién soy, ni tampoco sé quién eres tú... pero ¿quién te dio el valor para juzgarme, abominación?
La espada de obsidiana salió disparada y atravesó uno de los ojos del Príncipe Loco. La abominación retrocedió tambaleándose, indiferente al dolor, y sonrió con ferocidad.
La Sombra blandió la espada para limpiarla con repugnancia y dio un paso adelante.
—Autocompasión, excusas...
Hizo una pausa, desconcertado por la pregunta.
Entonces, una sonrisa pálida apareció en sus labios, imitando la sonrisa demente del Príncipe Loco.
—Lo admito, me has dado donde más duele. Quizá de verdad me haya revolcado en la autocompasión durante mucho tiempo. Pero, pensándolo bien, nadie más en el mundo puede compadecerse de mí, simplemente porque nadie más entiende mi existencia. Así que ¿por qué no puedo compadecerme de mí mismo?
La Sombra se lanzó hacia delante y, usando su fuerza sin piedad, obligó al Príncipe Loco a retroceder otro paso.
—En cuanto a lo demás... no tengo ni idea de qué estás hablando. Salvo por Smile of Heaven. Sí, está aquí con nosotros; pero, si quieres visitarla, primero tendrás que pasar por encima de mí.
El Príncipe Loco ya había logrado hacerle sentir dos emociones que no había sentido en siglos. Repugnancia, la emoción de la batalla...
Y ahora, la tercera.
Ira.
La Sombra tuvo que admitir que la abominación enloquecida había conseguido sacarlo de quicio. Había logrado que quisiera matarla no solo para poder volver a su letargo, sino porque matarla le resultaría placentero.
El Príncipe Loco se rio.
—¿Qué...? ¿Te has enfadado?
La Sombra asintió con indiferencia y guio su espada en un despiadado tajo descendente.
El Príncipe Loco lo bloqueó, y gimió levemente cuando la fuerza del impacto le sacudió el cuerpo. Luego sonrió.
—Bien. ¡Bien! Al menos has recordado cómo sentir ira. Ahora recuerda más... ¡recuérdalo todo! ¡Recuerda qué criatura cruel y traicionera eres! ¡De lo contrario, no disfrutaré matándote!
Dicho eso, empujó hacia atrás la espada de obsidiana y se retiró del combate.
El Príncipe Loco observó a la Sombra un instante y luego sonrió con malicia.
Las nubes de polvo flotaban lentamente en el aire.
—¿Dejamos de jugar, miserable?
Sin esperar respuesta, soltó una risita. Entonces, su figura se dividió en cuatro sombras. Cada una se hinchó hasta adoptar su propia forma.
Una se convirtió en un espíritu radiante, tejido con una luz cegadora.
Otra se convirtió en una bestia espantosa, tejida de pura oscuridad.
La tercera era una armadura de ónice que emanaba jirones de una niebla blanca y gélida.
La última era un humano que sostenía la espada de jade.
El humano atravesó a la Sombra con una mirada iracunda.
—Deja de contenerte, bastardo. No puedes permitirte subestimarme.
Dicho eso, la Sombra quedó cegada de repente por la luz. Lo envolvió una oscuridad asfixiante. La niebla blanca cubrió la esencia misma de su ser, dejándolo débil y exhausto.
La espada de jade silbó al cortar el aire y destelló mientras se lanzaba a cercenarle el cuello.